jueves, diciembre 15, 2005

Durante mucho tiempo fui incapaz de leer uno sólo de los llamados clásicos universales. Cada vez que me encontraba con uno me entraban ataques de ansiedad. Era increible como alguien que ha leído muchisimos libros se veía en el trance de abandonar la lectura tras unas cuantas e infrustuosas páginas. Muchos estuve vagabundeando por la novela de intriga -espias, policias, me-daba-igual-. Podía leerme un bestseller en apenas un par de días. Pero Tostoi, Melville, Dickens, Hugo, etc. pasaban de largo como el viento. Y los tenía. Siempre he sido buen comprador y en mi casa hay una pequeña gran biblioteca con unos ochocientos libros. A veces, muy raramente, eso sí, me encontraba, en el metro o el autobus, a alguien leyendo Ana Karenina, Crimen y castigo o-lo-que-sea y me decía a mi mismo que yo también podía con ellos. Llegaba a casa y me cogía cualquiera de ellos... para treinta páginas después abandonarlos por Le Carre. No sé con quien comenzó todo; es posible que fuera con Dovstoyeski. un día todo fue distinto. Los libros se habían transformado en las joyas que siempre habían sido y yo nunca había podido ver. Fue fantástico, una experiencia increible que llego a su climax con Moby Dick. El caso es que desde entonces han caído como mirlos en mi red. Trato de recuperar el tiempo perdido leyendo cuantos puedo: y me encantan.

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