El Rey de los Locos caminaba despacio, balanceándose de izquierda a derecha en un precario equilibrio. Apoyaba su orondo y viejo cuerpo en un bastón tan retorcido y viejo como él que apenas podía sostener el peso de su amo. Tenía un caminar cansino, con el cuerpo doblado hacia un lado, cojeando sin cesar. Se movía mumurando sus penas y desvaríos en una especie de eterna letanía. Para un observador casual no sería más que un viejo envuelto en harapos y con el rostro y la mente destrozadas por la edad y las enfermedades. Los pocos dientes que aún se mostraban en su grostesca sonrisa habían adquirido con el paso del tiempo un extraño y enfermizo color entre el verde, el morado y el amarillo.
El Rey de los Locos tenía un trono. En lo más profundo de sus lamentos la locura del rey había roto el débil telar de la realidad y se había mezclado con el mundo de los vivos transformando el sanatorio donde había estado internado toda su vida en un auténtico reino de locura. El aroma de la locura había ascendido desde las profundidades tocando con su halo de demencia a cuantos pasaban mucho tiempo en el sanatorio. Y así, el Rey de los Locos poseía un trono hecho con camas, colchones, mesas y camillas que había mandado construir en la sala común de los enfermos para que todos pudieran honrarle.
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El Rey de los Locos tenía un trono. En lo más profundo de sus lamentos la locura del rey había roto el débil telar de la realidad y se había mezclado con el mundo de los vivos transformando el sanatorio donde había estado internado toda su vida en un auténtico reino de locura. El aroma de la locura había ascendido desde las profundidades tocando con su halo de demencia a cuantos pasaban mucho tiempo en el sanatorio. Y así, el Rey de los Locos poseía un trono hecho con camas, colchones, mesas y camillas que había mandado construir en la sala común de los enfermos para que todos pudieran honrarle.
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