Algo huele a podrido en Dinamarca
¿Quién dijo que Hamlet delira? Su corazón sigue latiendo con rítmica serenidad. Los ojos del príncipe danés se muestran marchitos y llorosos, mas no hay locura en su mirada, únicamente determinación. La determinación más absoluta, y si a eso se le puede llamar locura, entonces acepto la argumentación.
La venganza es el juego más antiguo del mundo desde que Dios la instauró por la muerte de Abel a manos de su hermano. Porque, lo de Caín no es justicia, es una vendetta en toda regla. Todos sabemos quien era el preferido, y la misericordia divina se fue al trastero donde Él guarda esas cosas. A saber, Sodoma y Gomorra, el Diluvio Universal y algunas cosillas que pasaremos por alto.
Hamlet se une al juego del poder practicado por su tío y su madre azuzado por un espectro vengativo que desea la paz. Así aún cuando Hamlet parece odiar más a su madre ¿complejo de Edipo?, que al asesino de su padre, se embarca en una cruzada de exquisita factura para devolver el honor a su familia.
La muerte del asesino de su padre, el rey, bien merece hacerse pasar por loco y tarado pero ¿merece la pena perder el amor de la dulce Ofelia? La respuesta es un rotundo sí. Hamlet lo arriesga todo en su empresa: virtud, honor, amor. Todas las cartas se juegan sobre la mesa, todo es apostado; incluso la vida.
Debe terminar mal forzosamente la historia de nuestro joven príncipe. Lo único que no puede controlar es la muerte, y la de Polonio es el principio del fin. ¡Ah! Pobre ministro, siempre fiel, bien amado por sus hijos. Su muerte sacude el corazón de su pobre hija que cae en una vorágine destructiva. Es la ira del Hamlet que todo lo destruye, pues su objetivo está fijo en el horizonte y no importa cuantos deban morir para alcanzarlo. Pero el príncipe ya no controla su plan. Ahora sólo el destino tiene cartas que repartir; y el destino siempre es aciago.
La muerte espera tras el telón, paciente, sin prisa por cobrarse víctima alguna. Primero Ofelia ¡qué triste funeral!, y después, todos los demás. Todos son culpables, todos deben morir, y de este modo, purgar sus culpas: es la venganza de Polonio y Ofelia.
Y ya no quedan ofendidos, ni los que nos ofenden; el mal ha sido barrido, la sangre limpiada con sangre.

