martes, febrero 28, 2006

Algo huele a podrido en Dinamarca

¿Quién dijo que Hamlet delira? Su corazón sigue latiendo con rítmica serenidad. Los ojos del príncipe danés se muestran marchitos y llorosos, mas no hay locura en su mirada, únicamente determinación. La determinación más absoluta, y si a eso se le puede llamar locura, entonces acepto la argumentación.

La venganza es el juego más antiguo del mundo desde que Dios la instauró por la muerte de Abel a manos de su hermano. Porque, lo de Caín no es justicia, es una vendetta en toda regla. Todos sabemos quien era el preferido, y la misericordia divina se fue al trastero donde Él guarda esas cosas. A saber, Sodoma y Gomorra, el Diluvio Universal y algunas cosillas que pasaremos por alto.

Hamlet se une al juego del poder practicado por su tío y su madre azuzado por un espectro vengativo que desea la paz. Así aún cuando Hamlet parece odiar más a su madre ¿complejo de Edipo?, que al asesino de su padre, se embarca en una cruzada de exquisita factura para devolver el honor a su familia.

La muerte del asesino de su padre, el rey, bien merece hacerse pasar por loco y tarado pero ¿merece la pena perder el amor de la dulce Ofelia? La respuesta es un rotundo sí. Hamlet lo arriesga todo en su empresa: virtud, honor, amor. Todas las cartas se juegan sobre la mesa, todo es apostado; incluso la vida.

Debe terminar mal forzosamente la historia de nuestro joven príncipe. Lo único que no puede controlar es la muerte, y la de Polonio es el principio del fin. ¡Ah! Pobre ministro, siempre fiel, bien amado por sus hijos. Su muerte sacude el corazón de su pobre hija que cae en una vorágine destructiva. Es la ira del Hamlet que todo lo destruye, pues su objetivo está fijo en el horizonte y no importa cuantos deban morir para alcanzarlo. Pero el príncipe ya no controla su plan. Ahora sólo el destino tiene cartas que repartir; y el destino siempre es aciago.

La muerte espera tras el telón, paciente, sin prisa por cobrarse víctima alguna. Primero Ofelia ¡qué triste funeral!, y después, todos los demás. Todos son culpables, todos deben morir, y de este modo, purgar sus culpas: es la venganza de Polonio y Ofelia.

Y ya no quedan ofendidos, ni los que nos ofenden; el mal ha sido barrido, la sangre limpiada con sangre.

martes, febrero 21, 2006

El Paraíso Perdido

Más vale reinar en los infiernos que servir en el empíreo. Lucifer se muestra así de orgulloso pese a la derrota total de sus huestes frente a los ejércitos del cielo.

Se nota que he comenzado a leer el Paraíso Perdido de Milton. Qué comienzo más espectacular. Un Lucifer, cansado y hastiado contempla su derrota junto a un compañero de armas llamado Belcebú. Allí, en las puertas del infierno, el que fuera más amado de Dios se lamenta por su perdida y por el destino cruel a los que Él les somete: la tiranía de los cielos se mantendrá bajo la atenta mirada de un Dios cruel. Pero su orgullo está intacto y la guerra no se ha perdido. Su voz levanta la moral de su hundida tropa y se dispone a continuar la lucha por los medios que tengan a su alcance. Si Dios es la bondad, ellos serán la maldad. Así el Diablo no es malo por naturaleza sino por una decisión puramente política. Él necesita enfrentarse a Dios, Él es su enemigo, el Tirano de los Cielos, necesita una causa y una forma que una a sus hombres. Algo similar a las conversiones cristianas de los reyes germanos: una decisión política, de gran trascendencia, sin duda, pero no deja de ser un estrategia para dar cohesión a sus reinos.

Pese a las grandes campañas publicitarias de la Santa Madre Iglesia, la literatura ha tratado con benevolencia al Ángel Caído. Son personajes astutos y tremendamente inteligentes, muy alejados del Señor de las Moscas, los cuernos y los tridentes. Son criaturas con un halo de especial poder y atracción. Dominan el arte de la seducción y las debilidades humanas -si estamos hechos a imagen y semejanza de Dios, y Él es perfecto ¿cómo demonios tenemos debilidades?-. Algunos, como el Voland de Bulgakov personifican una especie de justicia divina y limpiando de indeseables la sociedad moscovita de preguerra. ¿No es entonces Lucifer un siervo de Dios con una misión muy específica? Es posible que sea una especie de héroe que se deshonra ante los hombres para cumplir el encargo divino de ajusticiar a los indeseables. Un engaño del cielo, a quien más odiamos es en realidad el más amado. El Satanás del Doktor Faustus de Mann es de otra calaña. Más sutil pero mortal de necesidad, no mina únicamente el corazón de un joven e inteligente compositor, es capaz de destruir el alma de un nación entera. No necesita mostrarse demasiado para que el lector intuya su presencia en casi todos los personajes, es un maestro.

En fin, seguiremos a Lucifer en su cruzada contra el Empíreo.


jueves, febrero 09, 2006

El contador de historias.

Yo soy un contador de historias. Recuerdo que siendo pequeños, con doce o catorce años, nos sentábamos en los portales y los bancos del barrio y nos contábamos historias los unos a los otros. Y nosotros eramos los protagonistas. Eran historias basadas en los libros que leíamos con esa edad. A saber, Los Cinco, Pakto Secreto, Los Tres Investigadores, etc.

Viajábamos a un mundo diferente sin salir del frío de la calle. Podíamos, y podemos ser quienes nosotros queramos. A veces guerreros poderosos, en ocasiones chavales metidos en apuros misteriosos como el protagonista de Asesinato en el Canadian Express, uno de mis libros favoritos.

La lectura, y la afición a meterme la piel de bardos y juglares puede que me convierta precisamente en eso, un bardo del siglo XXI. Mi interés por las historias es prácticamente infinita. Cualquier cosa que observe me proporciona un sinfín de ideas. Las imágenes me vienen a la cabeza como un torrente e imagino historias, partidas de rol y sus protagonistas en apenas unos segundos. Luego me entra la prisa por jugar una partida y poner en práctica lo que se me ha ocurrido.

Se puede imaginar mi ansia por jugar cuando llevo más de un mes de exámenes (sí, estudio Historia en la UNED) sin poder hacer casi nada salvo estudiar, y poco más.

Siempre he supuesto que el siguiente paso lógico, tras la lectura, el rol y contar historias, es escribirlas. La escritura es un mundo que, por definición de mi carácter, me apasiona. Cualquiera que lea mucho me comprenderá. Es una idea que siempre ronda mi cabeza. Es más, siempre he escrito, pero no textos completos. Muchas veces escribo párrafos, quizá un folio, sobre algún concepto que me atraiga. Es una pena. Nunca suelo dar continuidad a esos pequeños textos, debo haber escrito cientos, y normalmente se pierden en las papeleras; se queman en las estufas de mi trabajo; y salen volando en mil trozos llevados por el viento hasta el infinito y más allá.

De un tiempo a esta parte, sin embargo, el gusanillo está comenzando a revolverse en mi interior. Tengo un cuaderno en el que, por lo menos, voy concretando ideas, escribo algo más que esos párrafos solitarios y, sobre todo, comienzo a disfrutar. Sé que es muy difícil. Escribir es dominar conceptos del lenguaje que habré olvidado. Tendré que cambiar el chip lector-escritor. Para empezar me he comprado un libro de gramática y ortografía. También tengo un ejemplar de un libro de ayuda al escritor novel. Y además tengo el apoyo de mi dulce niña, y de mi gato.

No espero ganarme la vida con esto, es sólo pura diversión; contar historias, disfrutar soñando.