jueves, marzo 23, 2006

Tregua en Euskadi

Esta mañana me he levantado con el anuncio de ETA de mantener una tregua permanente. El anuncio fue ayer pero hasta hoy no he podido tener más información. ¡Ojala! Es lo primero que piensa uno al enterarse, esta tierra nuestra a la que unos llaman País Vasco; otros, Euskal herria; otros Euskadi; y seguramente, algunos aún la llamen Provincias Vascongadas, ha sangrado demasiado y ha llorado lo suficiente como para merecerse un respiro.

Llevamos tres años sin muertos y, aunque no creo que la voluntad de matar de ETA se haya apaciguado, lo que si ha cambiado ha sido el mundo a su alrededor. Desde los atentados en Nueva York las cosas fueron distorsionándose hasta quedar irreconocibles. Nadie en el mundo les vería ya, excepto unos pocos, como libertadores de una tierra oprimida; eran terroristas y occidente así se lo haría saber. La perdida de casi doscientas vidas en Madrid fue la puntilla, España ya no admitía más muertos. El mundo, de repente, ya no es el que era, y ETA ya no tenía hueco en él. El cambio de gobierno, tan legítimo como los demás, y votado por todos los españoles, acabó con los cuatro años de “dictadura” del PP, muy prolífico en decisiones del tipo “porque yo lo valgo”.

Yo soy vasco, he nacido aquí, esta es mi tierra. Mis padres son de fuera, pero han sangrado más por ella que la mayoría de los arios del lugar. Un amigo abertzale me dijo una vez – La tierra, es de quien la trabaja, no mía, ni tuya por tener uno, dos, o tres apellidos acabados en etxea, mendi o goitia. Siento esta tierra como lo que es, mi hogar. Lloro cuando ETA mata a un vendedor de chuches sólo porque es concejal del PP, pero también lloro cuando cuando alguien de Madrid dice que los vascos somos unos desgraciados, que no nos quieren en España. Yo seguiré en esta tierra mientras pueda. No soy nacionalista, pero también quiero que nos dejen elegir nuestro futuro a nosotros. Lo que pueda decir un andaluz sobre lo tenemos que hacer no son más que lágrimas en la lluvia. Los únicos que debemos decidir somos nosotros, eso sí, en absoluta libertad, sin que los matones de las Camisas Rayadas de Batasuna se comporten cómo las SA de Hitler y traten de que los que no somos nacionalistas llevemos una bandera de España a modo de brazalete.

Decidir en libertad, y nosotros, sin ingerencias de ningún tipo es casi una utopía, pero ¿acaso no se hizo en Quebec hace unos pocos años y en Noruega a principios del siglo XX? Decidieron como hombres libres, y su voluntad fue aceptada por los demás, punto. Si los vascos decidimos ser libres y no ser españoles durante más tiempo, que sea así, yo seré feliz; si, por el contrario, decidimos ser españoles y acompañar a España en el futuro, que sea así, yo seré feliz.

Suerte a todos.

Vive la France

Los franceses son un pueblo extraño. En realidad son alemanes, francos, una rama de las tantas germanas que aniquilaron al Imperio Romano a finales del siglo V. Creo que en alemán es algo así como Frankreich, o sea, el Reino de los Francos. Viendo lo ocurrido esta semana en las grandes ciudades del país, lo acaecido en la primavera del 68 y la furia con la que se desató la revolución francesa, parece increíble que sean los mismos franceses que fueron derrotados en seis semanas por la máquina bélica del Reich alemán, los mismos que rindieron París sin disparar un sólo tiro al aire.

Observó con detenimiento las imágenes que emiten los noticiarios, sobre todo Euronews, y me maravillo con la capacidad de lucha de los jóvenes galos. Salen a la calle a luchar contra una medida más propia de nuestro hermano estadounidense que de una nación europea asentada sobre el concepto del “estado del bienestar”. A veces me gustaría ser francés; miro a mi alrededor y sólo veo conformismo. Me detengo en las cientos de inmobiliarias de mi pueblo y no puedo sino alucinar con los precios de viviendas de apenas cincuenta metros cuadrados. Es evidente que nuestros amados políticos están más interesados en enriquecerse que en arreglar los despropósitos de cuatro hijos de puta, porque no tienen otro nombre. Sin embargo, los jóvenes callamos. No importa que nuestro trabajo sea más precario que un castillo de naipes frente a un ventilador, no importa que nuestras hipotecas deban pagarse a cuarenta o cincuenta años, nosotros callamos. Y entonces miro el televisor, y me gustaría ser francés.

Escucho a mis padres y a sus amigos contar cuantos golpes se han llevado por defender su puesto de trabajo en los años negros de la reconversión; salir día sí, y día también, sin descanso, a pelear por los cuatro céntimos que les correspondían y qué, entre cuatro desgraciados se habían llevado. Yo no recuerdo haber pasado hambre, pero sí sé que me he pasado meses en brazos de mis abuelos porque mis padres no cobraban sus sueldos, y aún así, seguían luchando por sus futuros. No entiendo que nos separa del carácter férreo de nuestros progenitores. Quizás sea la falta de casi todo que tuvieron que soportar cuando eran jóvenes y el exceso de casi todo que hemos tenido nosotros. Es posible que un miedo casi visceral a perder nuestros privilegios como hijos de la primera generación realmente libre de este país en muchos años nos haya vuelto débiles y cobardes. Yo no lo sé.

Hoy, me gustaría ser francés.

martes, marzo 14, 2006

Civilización.

Ha habido pocos pensadores tan pragmáticos, y tan cercanos a la verdad sobre el hombre que Maquiavelo. Tantos pensadores, a lo largo de tantos siglos, divangando sobre el ser humano, sobre super egos, ideas y formas... En fin, Maquiavelo hablaba de la maldad del hombre como motor de su alma. Creía que la civilización avanzaba según unos ciclos que, con algunos cambios se iban repitiendo sin cesar ¿por qué? Porque el ser humano no cambia pese al paso de los siglos. Y es verdad. Los mil años que separaban a Roma y a la Babilonia caldea no les hacían diferentes, al menos en esencia. Sus señores buscaban el control de cuanto les rodeara, poder absoluto. Si los babilonios hubieran podido dominar un imperio como el de la Capital lo hubiesen hecho. Después uno puede hablar de las maneras y las formas en las que cada estado o imperio ha llevado a cabo su conquista. Algunos lo hicieron mejor que otros, eso está claro, pero al final, las motivaciones son las mismas, y los hombres se comportan igual en iguales circunstancias.

Nada ha cambiado. Más de 2000 años desde la caída de Assur y Ninive, fortalezas de los temidos asirios, quince siglos desde que la luz de Roma se apagó bajo la furia germana, y nada ha cambiado. Los imperios son distintos, los reyes ya no llevan corona sino la “voluntad del pueblo”, pero la voluntad es la misma, el hombre es el mismo. Y entonces, Maquiavelo sonríe. Las grandes potencias parecen ahora avergonzarse de ejercer el poder que poseen. Esgrimen motivaciones sacrosantas de paz y democracia para hacer exactamente los mismo que hacía el khan de los mongoles, el emperador de Roma y los primeros Austrias españoles, buscar el poder absoluto.

No creo que haya nadie el mundo que dude que Irak haya sido reducida a escombros y convertida en un siniestro valle de muerte por la libertad de los iraquíes. La coalición se dejado la garganta haciéndonos ver que era lo mejor para ellos. Han exterminado y arrancado las entrañas de una nación entera para examinar sus vísceras y ver un futuro mejor. Sin embargo, ese futuro no es para los iraquíes, es para los soportes del poder de los grandes imperios del momento. Esos soportes ya no tienen el rostro de las grandes aristocracias sino el de gigantes empresariales que en su día dieron mucho dinero para las campañas de los “reyes democráticos”. Y al final, son los de siempre los que sufren y lloran; nos nos cansamos de ver por la televisión el llanto desconsolado de las madres con sus hijos, niños pequeños, destrozados por obra y gracia de algún piloto de blancos guantes que juega a la guerra en una maquina cuyo valor podría haber aliviado las penas de toda la aldea que acaba de destruir. Qué fácil es ignorar el dolor ajeno.

Es posible que la libertad tenga un precio en sangre, yo no lo sé. O quizás el precio sea en petróleo; “In Gold We Trust” parece rezar en los billetes de dollar. Hay cientos de regiones en el mundo maltratadas y destrozadas por caciques y déspotas ¿por qué no se ha intervenido? Cuantos dictadores han sido puestos en el poder por nuestros hermanos americanos. Cuantas lágrimas se han derramado en Chile, Argentina, Nicaragua... La lista es tan grande que espanta. Los hombres no cambian, ni las motivaciones tampoco.

Ahora le llega el turno a Iran. EE.UU sembró la política de los Ayatollah al derribar el gobierno democrático, repito, democrático de Iran en los años 50 y colocar al gran Sha, quien esquilmó a los iraníes empujándoles a lo que Iran es hoy. Si siembras truenos sólo recoges tempestades.

Maquiavelo tenía razón; el hombre se repite a si mismo, forma parte de su esencia. No es maldad, es naturaleza. No podemos evitar ser quien somos ¿por qué vamos a a pedir algo a alguien si podemos arrancárselo de sus manos? Es tan triste descubrir que no somos sino animales, inteligentes, pero animales.

El poder corrompe; el poder absoluto, corrompe absolutamente.

Friedrich Nietzsche

lunes, marzo 06, 2006

El final del camino.

No importa dónde ocurra. Una desagradable sensación recorre tu cuerpo como una extraña fuerza entrópica. Surge de la nada, y nada lo provoca. Un penetrante Deja Vu se queda flotando frente a tus ojos ¿qué hay después del final? Y de repente, tienes miedo. Todo lo que has sido, eres, y serás, puede desvanecerse en un ligero cambio de fortuna. Aun las mentes más escépticas, aquellas como la mía, hijas del razonamiento empírico, se ven desbordadas por un miedo visceral que surge desde las profundidades. Es algo incontrolable ¿somos polvo, y en polvo nos convertimos? ¿Así de sencillo? Es entonces cuando hubieras deseado creer en algo superior a los hombres. Debe ser gratificante saber que tu dios va estar esperándote como a un hijo que ha marchado a estudiar fuera. En el mundo de los ateos, sin embargo, nadie viene a esperar al aeropuerto, salvo los gusanos. Nos deberemos conformar con una visión naturalista de las circunstancias y reintegrarnos al maravilloso ciclo de la vida y la muerte; de la cúspide de la cadena alimenticia, a lo más bajo. A todas luces, una perfecta ironía para acabar con la vida.

La duda es parte de la infame maldición del pensamiento racional. Cerrar los ojos e imaginar el final del camino es agónico, casi le falta a uno el aire. Es entonces cuando, para superar el miedo, el ser humano busca defensa: una vida eterna en el paraíso, cincuenta huríes, una hermosa Valquiria cabalgando junto a ti hacia el salón de los guerreros. Cualquier cosa es buena para burlar a la muerte. Es aquí, en este punto donde la mente y la fe se confunden. Todo se vuelve borroso y extraño. A medida que se abandona el mundo de la razón el miedo disminuye hasta que se está preparado para ser recibido por Él, como quiera que se llame.

¿No es entonces la religión el opio del pueblo? La iglesia dice: no pienses, ten fe. Nada habrás de temer, quien cree en mí cree en quien me ha enviado. Palabras del hijo de Dios, no mías. Es un poco ruin ganar adeptos con el miedo de las personas a lo desconocido, qué le vamos a hacer: unos temen y otros se aprovechan.

Somos hijos de una casualidad universal. Hay que poseer una buena estrella, sin ayuda de Dios, para ser elegido para la vida. Los factores son infinitos, las probabilidades, ínfimas, pero aquí estamos. Somos hijos de los hombres, libres, únicos, nada le debemos a ningún dios.

Vive. Se feliz. Muere.