La montaña mágica
Tras los duros exámenes de Junio, y ya veremos las notas, aunque no creo que pueda aprobar todo gracias las 18 provincias chinas y su inmensa capacidad toponímica, he vuelto a la más agradable tarea de leer un poco y dejar volar la imaginación. No quiere decir que no haya disfrutado de breves momentos de relax literario en este tiempo de estudio; he leído al menos tres o cuatro libros en ese periodo, pero siempre aquellos que se disfrutan por instinto. Sin embargo tenía ganas de atacar un gran clásico, algo de lectura consciente que requiera toda mi atención a los mil y un detalles que sólo poseen las obras geniales. Después de vacilar durante un par de días entre La montaña mágica, de Mann, y Crimen y castigo, me decidí por fin a acercarme otra vez a la belleza y vitalidad de los personajes del alemán tras la aventura junto al Doktor Faustus.
La semana pasada comencé a devorar ese monstruo narrativo que es la Montaña Mágica de Thomas Mann. Fue un regalo un supuesto amigo invisible en ese magnifico juego navideño donde todo el mundo sabe qué y quién le ha regalado qué. Por mi parte, debo dar las gracias a mi cuñado Aitor, al que facilite incluso la dirección de la librería donde podía comprar mi regalo.
La prodigiosa capacidad humana de Mann es una habilidad casi sobrenatural; su narrativa es sencilla y eficaz, libre de la épica de Melville pero de una profundidad casi infinita. Con suavidad, al igual que Hans Castorp, insigne protagonista de esta historia, Mann se introduce en el endogámico mundo de un balneario para tuberculosos y moribundos en el que los más increíbles e imposibles personajes se asoman a la vida de un incrédulo Castorp. A medida que el protagonista, que en un principio llega al balneario de Davos Platz para una corta visita de tres semanas, va alargando su estancia hasta unos imposibles siete años, el balneario cobra vida propia y los personajes se despliegan de manera sutil pero constante para transformar el mundo, antes ordenado y lineal de Hans Castorp.
El vasto conocimiento de las profundidades del alma que Mann exhibe en sus libros hace que cada conversación sea un mundo y de que en cada frase brote un modo de vida. La experiencia se refuerza con la certeza de una muerte segura para muchos de residentes del balneario; algunos con los Hans Castorp no llega a cruzar palabra alguna pues los encuentra moribundos pegados a una botella de aire puro de los Alpes, eso sí, a 20 francos de la época la botella, pero que logran arañar el alma del joven incluso desde la tumba.
Estoy ciertamente emocionado con su lectura, y aunque no es un libro para leer agarrado a la barra del metro o al ritmo de los baches del autobús, procuro beber de él allí donde puedo. Esta noche, otra vez de noche, pasaré algunas páginas, si puedo.

